Lo que nos distingue del resto de los seres conocidos es nuestra capacidad de aprender. El profesor Gómez Pin de la Universidad de Barcelona ha descubierto que la capacidad de aprender a hablar ya tiene su reflejo fisiológico en el mapa del genoma humano. Llevamos pues, desde nuestra concepción, esa marca genética tan singularísima en cada una de las células de nuestro cuerpo. Para que luego digan que un feto no es humano, pero eso es otro debate. Lo más maravilloso de esta circunstancia es la constatación de que tantos miles de años de aprendizaje no se detienen y empiezan de cero cada vez que un niño nace. Teorías cada vez más documentadas afirman que parte de la experiencia de los padres pasa en esa información genética a los hijos en la siguiente generación.
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miércoles, 18 de diciembre de 2013
martes, 17 de diciembre de 2013
OBRERO
No tardarán mucho en darnos la cifra: diez mil millones de habitantes. En el Mundo parece que no cabe nadie más. Nuestra población mundial ya no puede sobrevivir, de forma individual o en pequeños grupos familiares, de aquello que antaño le ofrecía casi gratis la Naturaleza. Y más ahora que sabemos que necesitamos compartirla con el resto de seres vivos que habitan nuestro único planeta. Para ello, los humanos nos hemos organizado en sociedades que generan y administran los bienes que nos permiten sobrevivir. Hemos pasado de ser hombres a ser ciudadanos, seres que viven lo más alejados posibles del mundo natural en donde fueron concebidos.
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viernes, 13 de diciembre de 2013
TRISTEZA
Siempre he luchado por la Democracia. Cuando era joven la dictadura en la que vivía ya estaba desgastada, evolucionada, o debilitada, no voy a enjuiciar ese momento ahora, para que tal pelea fuese demasiado peligrosa. Formaba, además, parte de una muchedumbre de jóvenes con los mismos sentimientos y tan numerosa que era fácil pasar desapercibido dentro de ella. No me destaqué, no sufrí represalias, no tengo, pues, méritos ni heridas por las que ser homenajeado, aplaudido o acreedor de ningún beneficio social. Tengo lo que fui capaz de conquistar, mi Democracia, y hasta hoy era feliz.
Fue determinante en mi elección y en mi lucha observar cómo otros países alcanzaban la Prosperidad, la Justicia, la Libertad de sus ciudadanos y la convivencia en Paz, con la Democracia.
martes, 9 de julio de 2013
Pasos de poeta
Hoy que mi ánimo se inclina a la melancolía, me sumerjo en las hojas amarillentas, casi cobrizas de un viejo libro. Un libro que se recorre lentamente, con el paso atento, precavido, observador de un poeta que marcaba su paseo con los latidos de su corazón.
Es un libro que no fue pero quiso ser. Hoy lo leo como homenaje a todos mis “desideratum” de lo cotidiano y lo ilusorio. Y mi espíritu sale de mí y recorre los sentimientos de su autor. Percibo el concierto armónico entre el mundo natural e imaginario. Sólo hay que escuchar con el alma lo que apenas perciben los sentidos.
Algunas de estas páginas fueron publicadas en revista Índice del diario El Sol de Madrid y la Revista de Occidente hace casi cien años pero su mensaje es fresco como la brisa que parece mecerlo eternamente. Siempre he pensado que la prosa puede contener la poesía con la misma fuerza que el verso, por eso recorro estas líneas que nacieron de la pluma del mejor poeta que, según mi corazón, ha dado la lengua castellana y española: Juan Ramón Jiménez.
Apenas cinco años después de su muerte, Francisco Garfias, encontró entre sus páginas inéditas la intención de construir con estas y otras sueltas un libro, o varios, y nos regaló este, La Colina De Los Chopos, editado por Taurus en 1965. Yo lo leí por primera vez en 1966 y aún recuerdo las emociones que despertó en mí.
A vosotros, mis amigos lectores, siempre os pido indulgencia si encontráis alguna falta. No me corrijáis hoy, sin embargo, echémosle la culpa a la controvertida y singular ortografía del genio.
Por último, sólo alguno de los lugares que recorrió el poeta sobreviven aún, por lo que de ellos sólo quedan estas referencias, como un collage de naturaleza muerta, aunque en este caso está viva y palpitante.
Es un libro que no fue pero quiso ser. Hoy lo leo como homenaje a todos mis “desideratum” de lo cotidiano y lo ilusorio. Y mi espíritu sale de mí y recorre los sentimientos de su autor. Percibo el concierto armónico entre el mundo natural e imaginario. Sólo hay que escuchar con el alma lo que apenas perciben los sentidos.
Algunas de estas páginas fueron publicadas en revista Índice del diario El Sol de Madrid y la Revista de Occidente hace casi cien años pero su mensaje es fresco como la brisa que parece mecerlo eternamente. Siempre he pensado que la prosa puede contener la poesía con la misma fuerza que el verso, por eso recorro estas líneas que nacieron de la pluma del mejor poeta que, según mi corazón, ha dado la lengua castellana y española: Juan Ramón Jiménez.
Apenas cinco años después de su muerte, Francisco Garfias, encontró entre sus páginas inéditas la intención de construir con estas y otras sueltas un libro, o varios, y nos regaló este, La Colina De Los Chopos, editado por Taurus en 1965. Yo lo leí por primera vez en 1966 y aún recuerdo las emociones que despertó en mí.
A vosotros, mis amigos lectores, siempre os pido indulgencia si encontráis alguna falta. No me corrijáis hoy, sin embargo, echémosle la culpa a la controvertida y singular ortografía del genio.
Por último, sólo alguno de los lugares que recorrió el poeta sobreviven aún, por lo que de ellos sólo quedan estas referencias, como un collage de naturaleza muerta, aunque en este caso está viva y palpitante.
viernes, 28 de junio de 2013
Los cuentos de Nasruddín
Sostiene el profesor Gironés que Cervantes debió conocer los cuentos populares de Nasruddín en su cautiverio de Argel, porque en el primer capítulo del Quijote salva al Tirante el Blanco (Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell) de la hoguera a donde fueron a parar todos los libros de caballerías, porque había hallado en él “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”. Para el profesor Gironés, las pocas referencias que a los cuentos de Nasruddín que se hacen en la obra citada, no justificarían el elogio. “No se elogia lo que no se conoce” concluye.
Los cuentos de Nasruddín son pequeñas historias de un mulá que existió realmente en la Turquía otomana, pero al que se le atribuyen todo tipo de hazañas y situaciones divertidas tradicionales en todos los países musulmanes de orillas del mediterráneo; algunas se transmiten secularmente de padres a hijos como nuestros cuentos de la hora de dormir a los niños.
Estas son algunas de ellas, sacadas de un libro editado por la Generalitat. “Los cien mejores cuentos de Nasruddín”
Los cuentos de Nasruddín son pequeñas historias de un mulá que existió realmente en la Turquía otomana, pero al que se le atribuyen todo tipo de hazañas y situaciones divertidas tradicionales en todos los países musulmanes de orillas del mediterráneo; algunas se transmiten secularmente de padres a hijos como nuestros cuentos de la hora de dormir a los niños.
Estas son algunas de ellas, sacadas de un libro editado por la Generalitat. “Los cien mejores cuentos de Nasruddín”
martes, 25 de junio de 2013
La Pelea
Luis, le llamaré Luis por darle un nombre, era el gallito de la calle, el chico más roncoso del barrio, un bocota, un verdadero bocota, y un fanfarrón. Ninguno de su edad, de los que andaban con él, le había podido y hasta con mayores se atrevía. Desde que dominó a Guillermo, le llamaré Guillermo, no había quien le metiera roncas ni se le podía aguantar. Era el que mandaba en las partidas y se entretenía en asustar a las chicas del barrio. Al pobre Paco lo tenía dominado, lo que se dice dominado; le mandaba hacer toda clase de barbaridades y hasta cochinerías, y el pobre Paco como estaba dominado, las hacía sin chistar. Se metía en todas partes y su frase era: ¡A callar se ha dicho!
- ¡Si no callas te hincho los papos de un revés!... le decía al que se descuidaba.
Era un mandón. Y como pesado, ¡vaya si era pesado!
Al pobre Enrique, a Enrique el tonto, no hacía sino darle papuchadas, diciéndole:” Enrique ¡infla!” y Enrique inflaba los carrillos y él le daba un sopapo y se reía.
¡Le teníamos todos una rabia!
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