Mostrando entradas con la etiqueta Globalización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Globalización. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de diciembre de 2013

EDUCACIÓN




Lo que nos distingue del resto de los seres conocidos es nuestra capacidad de aprender.  El profesor Gómez Pin de la Universidad de Barcelona ha descubierto que la capacidad de aprender a hablar ya tiene su reflejo fisiológico en el mapa del genoma humano. Llevamos pues, desde nuestra concepción, esa marca genética tan singularísima  en cada una de las células de nuestro cuerpo. Para que luego digan que un feto no es humano, pero eso es otro debate. Lo más maravilloso de esta circunstancia es la constatación de que tantos miles de años de aprendizaje no se detienen y empiezan de cero cada vez que un niño nace. Teorías cada vez más documentadas afirman que parte de la experiencia de los padres pasa en esa información genética a los hijos en la siguiente generación. 

martes, 17 de diciembre de 2013

OBRERO


No tardarán mucho en darnos la cifra: diez mil millones de habitantes. En el Mundo parece que no cabe nadie más. Nuestra población mundial ya no puede sobrevivir, de forma individual o en pequeños grupos familiares, de aquello que antaño le ofrecía casi gratis la Naturaleza. Y más ahora que sabemos que necesitamos compartirla con el resto de seres vivos que habitan nuestro único planeta. Para ello, los humanos nos hemos organizado en sociedades que generan y administran los bienes que nos permiten sobrevivir.  Hemos pasado de ser hombres a ser ciudadanos,  seres que viven lo más alejados posibles del mundo natural en donde fueron concebidos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

SIN SEÑAL




Valencia se ha ido transformando en los últimos años. No creo que haya habido ciudad en el mundo que no lo haya hecho. El crecimiento urbano de Valencia hacia la periferia ha cubierto con su  piel de asfalto y cemento los espacios agrestes, los de huertas, o los pequeños núcleos habitados de sus alrededores. Pero esto no es algo exclusivo de nuestra ciudad. La sociedad humana está enferma de “Urbanosis” y los pobladores del campo se desplazan a las ciudades abandonando hogares, tierras de cultivo y formas de vivir y sentir ancestrales. Las culturas autóctonas quedan ancladas en pasados abandonados y se transforman en las grandes urbes contaminándose con los usos y costumbres “urbanitas” homogeneizados por la globalización.
Valencia no ha crecido mal. No está rodeada por barrios o suburbios oscuros poblados por desertores de otros lugares sin esperanza. La piel con que ha mudado, como una serpiente que ya no cabe en la antigua, la ha hecho más atractiva. Valencia parece una ciudad moderna; comunicada por vías rápidas de circulación; con un porcentaje razonable de zonas verdes; con arterias que atraviesan las zonas más pobladas permitiendo un desplazamiento suficientemente ágil de uno a otro punto; y con una red de metro que enlaza casi cualquier lugar de la ciudad con zonas periféricas y extraurbanas con eficiencia... 

viernes, 16 de agosto de 2013

La Pena de Muerte

¿Es la “pena de muerte” la mayor condena posible?

Cuando alguien es condenado a la pena de muerte se dice que ha sido castigado con la “máxima pena” o “pena capital”, ¿realmente es así? Esta pena en la legislación de los países que aún la aplican aparece como el mayor castigo que puede recibir un individuo por sus actos. Tal condena, sin embargo,  ha sido eliminada de los códigos penales de muchos estados democráticos con la convicción de que, aplicándose la Ley en nombre del pueblo, la ciudadanía muestra su humanidad y grandeza evitando exigir la muerte de un ser humano sean cuales sean sus delitos. En algunos de los países que aún la aplican, la conmutación, una medida de “gracia” en apariencia, acarrea al penado la cadena perpetua, es decir, debe permanecer en prisión hasta que muere o está próximo a morir.

Creo, sin embargo, que tal cadena perpetua es más dura y punitiva que la pena de muerte, por la pérdida de esperanza de libertad que el reo percibe cada día. Entiéndase la cadena perpetua tal y como la he descrito antes,  no esos eufemismos de “cadena perpetua” cuya perpetuidad dura 20 años más o menos. De los casos famosos de cadena perpetua se ajusta, en mi opinión, a este perfil de ser una pena mayor que la pena máxima, la de Rodolf Hess que terminó suicidándose cuando comprendió que nunca saldría de su cárcel, en una demostración de que la muerte era menor condena. Como criminal de guerra nazi, él, había merecido, pienso yo, la misma pena que los que fueron condenados y ajusticiados tras el juicio de Núremberg, pero sorprendentemente recibió el “benevolente beneficio” de la perpetua. Hay otros casos en que el condenado ha podido recuperar su libertad, bien porque ha conseguido que se revocase su sentencia; porque ha recibido algún otro tipo de indulto o perdón; o porque las condiciones de su encierro le permitían una existencia cómoda y comunicada con el exterior. Pero en estos casos la condena a cadena perpetua sólo se demostró menos punitiva en los defectos de su aplicación, en la falta de “cadena”, es decir, rigor de la prisión, o de “perpetuidad”, duración de la pena, no en su concepción. 

No es así en el caso de presos políticos de dictaduras aún vigentes que terminan muriendo en prisión severamente apartados de todos; o de los condenados por narcotráfico en las cárceles del cono sur de Asia algunos de los cuales terminan suicidándose seguros de que no hay esperanza de cambiar su situación; o los de los millones que terminaron sus días en campos de trabajo a lo largo de la Historia.

Que la pena de muerte no es la mayor que puede imponerse a un reo, era cosa sabida en la antigüedad ya que se infligía al condenado tormento adicional que compensara sus delitos. El Zar Iván“El Terrible”, por ejemplo, ajusticiaba a quienes se atrevían a oponérsele, empalándolos en medio de la plaza y permitiendo que sus familiares los acompañaran en las largas horas de agonía que tal condena conllevaba. En otros lugares se descuartizaba al condenado y se exponían sus restos troceados en las distintas entradas de la ciudad. Más cerca en el tiempo, los soldados rusos prisioneros de la segunda guerra mundial fueron condenados al Gulag de por vida por rendirse en vez de morir combatiendo, sin que sus familiares tuvieran jamás la más mínima noticia de su destino. Para ellos la muerte hubiera sido mejor.

Pero lo más sofisticado en condenas que rebasaran la pena de muerte, vino con la aparición de las modernas religiones monoteístas: se le privaba al reo de la posibilidad de alcanzar la vida “eterna”. Monjes y sacerdotes amenazan con la excomunión y por ende con la condenación eterna, no ya perpetua, sino “eterna”, a quienes faltan a sus dogmas.
Para el colmo del desprecio por la muerte, hay otros que se apresuran a prometer la vida, también eterna, a quienes perpetran algunas acciones que conllevan aparejada la muerte. Así el valor disuasorio que la legislación de la pena de muerte pretende, queda invalidado. También los cruzados recibían una bula papal que les garantizaba la “vida eterna” si morían o eran ajusticiados por el enemigo; del mismo modo los navegantes portugueses y españoles que en los últimos años del siglo XV se atrevieron a traspasar el fin del mundo navegando más allá  de lo que había hecho nadie del que se tuviera noticia, recibieron la misma Bula-promesa de vida eterna si perecían en el intento; y por último, desgraciadamente aún hoy, hay quien entra en el paraíso si mata a los infieles, a los enemigos de Dios, muriendo en un atentado suicida. 

Entre otros ciudadanos del mundo citaré a los judíos de Israel, pueblo experto desgraciada e históricamente en sufrir y morir en el tormento, que soportan desde hace tiempo, tan dolorosa epidemia de atentados suicidas: en los cuatro años (2000-2004) que duró la primera intifada murieron 1017 ciudadanos como víctimas del suicidio asesino de 138 terroristas. Convencidos sus dirigentes de que no podrán persuadir a los suicidas de que no existe el paraíso que pretenden, han decidido castigarlos aquí en la tierra con algo que piensan trasciende la muerte que ya se proporcionan ellos mismos: derriban su casa y las de sus familias y lo vuelven a hacer si se enteran de que las han reconstruido una y otra vez. Así durante la intifada derribaron 612 casas. No pretendo justificar ni valorar tal comportamiento, ni de los suicidas ni de los israelíes, sólo lo enumero como ilustración de cómo algunos países pretenden “agrandar” hoy castigos que vayan más allá de la muerte.

De todo ello extraigo dos conclusiones: una es que, para descrédito de quienes ven en la reinstauración de la pena de muerte la solución preventiva de delitos graves, esta “máxima condena”,  “pena capital”, o como se la llame, ha perdido plenamente su valor coercitivo frente a una auténtica cadena perpetua; la otra, y digo esto aún con el riesgo de que se me llame frívolo en tema tan serio, es que, fijándonos en el descubrimiento de los gobernantes israelíes, la pérdida del hogar, la casa, el piso, el domicilio de la familia y todos los bienes materiales que ello conlleva en el desalmado mundo actual, se percibe como más doloroso y grave que la pérdida de la propia vida. Véase la tremenda cantidad de suicidios que tales situaciones provocan.  Nuestros gobernantes, pues, deberían preocuparse por los ciudadanos amenazados de perder su casa y todo lo que poseen por avatares de la fortuna, tanto o más de lo que lo harían si estuvieran en peligro de muerte. Digo esto aunque sé que, en realidad, a nuestros gobernantes sólo les interesa quién vive o quién muere si eso afecta a sus posibilidades electorales.

Pero, volviendo al asunto que nos ocupa en estas líneas, convendrán conmigo que el nombre de pena máxima o pena capital que damos a la pena de muerte es cuanto menos equivocado ¿o no?.

lunes, 8 de julio de 2013

La guerra de las niñas

Espinelvas es un pueblecito de Gerona perdido entre los bosques de las estribaciones septentrionales de los Pirineos. Un lugar tranquilo, anclado en un modo de vivir intemporal, y donde la guerra civil que asola España, aún se percibe como un conflicto ajeno.  Doña Adelaida y su hermana Doña María son maestras nacionales con plaza en Barcelona. Ellas sí que viven intensamente la tensión cada vez más amenazante que genera la guerra. Una simpatiza con un bando, la otra con el otro. Sólo ellas saben cuál. Hay niños en casa, tres, el varón ya tiene quince años. Doña Adelaida, que es la madre, el cabeza de familia y la que toma las decisiones por todos, ha pedido el traslado a Espinelvas. No quieren que movilicen a su hijo en ninguna milicia. Ahora junto a Don Hilari, que también es de fuera, aunque ya lleva veinte años en el pueblo, son quienes se hacen cargo de la escuela.

jueves, 20 de diciembre de 2012

GLOBALIZACIÓN, la cultura de los otros

Desde el 28 de Junio del 2006, en que se admitió a Montenegro como miembro de pleno derecho de la ONU, son 192 los países que forman parte de ese organismo internacional que es como el registro oficial de países del Mundo. Hay otros territorios, regiones o países en estado de construcción que se asoman al foro de Naciones Unidas como observadores. El último en alcanzar este status ha sido Palestina.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

H A M B R E


 “Y, sin embargo, se mueve”, susurró para sí Galileo cuando se libró del tribunal de la Inquisición que le obligó a tragar, en contra de sus observaciones, que la Tierra permanecía quieta, mientras el Sol era el que se movía a su alrededor. Ahora sabemos, gracias a él,  que es la tierra la que gira, pero además, hemos descubierto que también el Sol se desplaza y que todo el universo conocido se mueve.

No sabemos, y tal vez no sabremos nunca, el porqué de esa propiedad tan comprometedora de todos los cuerpos: no hay ninguno que esté quieto. Lo que no podía imaginar Galileo, es que al movimiento humano lo mediríamos en kilocalorías.

Cada una de nuestras inquietas células titilan como las estrellas del cielo; palpitan mientras cumplen sus funciones con la armonía necesaria para que podamos correr, mirar, pensar o sonreír. Y cada una de estas acciones tan humanas, cada uno de los segundos de ese ballet celular, consume una energía que debemos encontrar fuera de nosotros mismos.

Así que, el astuto inventor de la materia de que estamos hechos, nos condenó a la dependencia kilo-calórica y, en una despótica intromisión en nuestro destino, no permitió que el alma, el intelecto, el arte o la poesía, puedan sustraerse al tormento  de esta dependencia: el hambre. Porque, por mucho que queramos elevar nuestro espíritu por encima de cuestiones materiales, sin alimento el ser humano muere. Y no hay tortura mayor o que comprometa más a todo nuestro ser, que morir de hambre. Así, mecanismos incontrolables de nuestro organismo, espoleados por el hambre,  modifican nuestra percepción de la realidad, nuestro gusto, nuestro metabolismo y, como no, nuestro intelecto.

Esta dependencia, este horror, habita dentro de nosotros y nos esclaviza sin remisión. La familia, la tribu, las primeras sociedades humanas, los países, las naciones y alianzas, nacieron para facilitar la satisfacción de esa necesidad vital. Rebaños, cultivos, graneros, especias, mercados, monedas, transportes,…y hasta nuestros más sofisticados sistemas de envasado y refrigeración, se inventaron para conseguir un suministro seguro de alimento, que debe llegar a cada uno de nosotros.

¿Cómo, pues, en el siglo en que el hombre se propone llegar a los más alejados confines del sistema solar, es posible que haya millones de seres humanos que mueran de hambre?¿Qué pensaría Galileo de quienes, mereciendo su admiración por nuestros conocimientos, apenas hemos avanzado en nuestra compasión por los demás?

Con espanto veo cómo hay hombres que negocian con el tormento de otros hombres; que someten a sus semejantes por un plato; que permiten el espectáculo del menesteroso para que sirva de “ejemplo”; que comercian con la muerte; que en vez de aplicar las matemáticas para desentrañar los secretos del cielo, las utilizan en una danza macabra de cifras económicas para justificar el sufrimiento y el hambre.

No acepto el castigo; no acepto el pecado; no acepto el paraíso. No acepto que nadie bueno, y Dios lo es, haya podido condenar a la especie humana a la obligación individual de “ganar el pan” con un esfuerzo sin cuantificar. No acepto, pues, justificar el hambre con el pecado, ni con la falta de “esfuerzo”. No quiero un paraíso para los hambrientos, después de su espantosa muerte. No quiero olvidar el dolor de hoy, por el pan de mañana.

Y el hambre, que implica a todo nuestro ser, nos obliga a mostrar el espanto de su suplicio.  Un niño somalí no necesita saber interpretar: su rostro, sus ojos, todo su ser lanza un mensaje imposible de ignorar. Todo su naciente y agonizante yo, muestra una imagen que está cruelmente diseñada para pedir  auxilio y, aunque no queramos, nos alcanza en el corazón y despierta en nosotros la solidaridad, inexcusable en quien no está libre del horror.

Y pienso que, tal como el arte no sería posible sin la catarsis, este espectáculo, esa interpretación fisiológica tan atroz, no tendría sentido si no estuviera destinada a poner en marcha los mecanismos de su solución.

Por eso creo, que a medida que el mundo se encoge con la globalización, y los hombres ya no podemos ignorarnos los unos a los otros, no será la violencia ni la revolución, sino el ineludible y cruel espectáculo de los que sufren, lo que nos haga capaces de hacer desaparecer este espanto, de cualquier rincón de nuestro pequeño Mundo.

Imágenes obtenidas en Google

 

 

 
 

 

Lo más leído