Hoy que mi ánimo se inclina a la melancolía, me sumerjo en las hojas amarillentas, casi cobrizas de un viejo libro. Un libro que se recorre lentamente, con el paso atento, precavido, observador de un poeta que marcaba su paseo con los latidos de su corazón.
Es un libro que no fue pero quiso ser. Hoy lo leo como homenaje a todos mis “desideratum” de lo cotidiano y lo ilusorio. Y mi espíritu sale de mí y recorre los sentimientos de su autor. Percibo el concierto armónico entre el mundo natural e imaginario. Sólo hay que escuchar con el alma lo que apenas perciben los sentidos.
Algunas de estas páginas fueron publicadas en revista Índice del diario El Sol de Madrid y la Revista de Occidente hace casi cien años pero su mensaje es fresco como la brisa que parece mecerlo eternamente. Siempre he pensado que la prosa puede contener la poesía con la misma fuerza que el verso, por eso recorro estas líneas que nacieron de la pluma del mejor poeta que, según mi corazón, ha dado la lengua castellana y española: Juan Ramón Jiménez.
Apenas cinco años después de su muerte, Francisco Garfias, encontró entre sus páginas inéditas la intención de construir con estas y otras sueltas un libro, o varios, y nos regaló este, La Colina De Los Chopos, editado por Taurus en 1965. Yo lo leí por primera vez en 1966 y aún recuerdo las emociones que despertó en mí.
A vosotros, mis amigos lectores, siempre os pido indulgencia si encontráis alguna falta. No me corrijáis hoy, sin embargo, echémosle la culpa a la controvertida y singular ortografía del genio.
Por último, sólo alguno de los lugares que recorrió el poeta sobreviven aún, por lo que de ellos sólo quedan estas referencias, como un collage de naturaleza muerta, aunque en este caso está viva y palpitante.
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martes, 9 de julio de 2013
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