viernes, 28 de junio de 2013

Los cuentos de Nasruddín

Sostiene el profesor Gironés que Cervantes debió conocer los cuentos populares de Nasruddín en su cautiverio de Argel, porque en el primer capítulo del Quijote salva al Tirante el Blanco (Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell) de la hoguera a donde fueron a parar todos los libros de caballerías, porque había hallado en él “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”. Para el profesor Gironés, las pocas referencias que a los cuentos de Nasruddín que se hacen en la obra citada, no justificarían el elogio. “No se elogia lo que no se conoce” concluye.
Los cuentos de Nasruddín son pequeñas historias de un mulá que existió realmente en la Turquía otomana, pero al que se le atribuyen todo tipo de hazañas y situaciones divertidas tradicionales en  todos los países musulmanes de orillas del mediterráneo; algunas se transmiten secularmente de padres a hijos como nuestros cuentos de la hora de dormir a los niños.

Estas son algunas de ellas, sacadas de un libro editado por la Generalitat. “Los cien mejores cuentos de Nasruddín”




EL OTRO LADO

Se encontraba Nasruddín pescando plácidamente en el río cuando ve que un extraño con ropajes de peregrino, le hace señas desde la otra orilla.
- ¡Hola! ¡Holaaa!
Nasruddín le saludó levantando la cabeza y siguió pescando.
- ¿Podría usted decirme cómo cruzar al otro lado? Le grita el peregrino.
- Pero… , le responde Nasruddín, ¿para qué quiere saberlo? Usted ya está al otro lado.


¿POR QUÉ PAGARLOS?

Nasruddín estaba en el bazar, donde quería comprar algo de ropa. Entró en una tienda y encontró unos pantalones que le gustaron. El vendedor se los envolvió, pero al instante Nasruddín cambió de opinión.
- Prefiero esa camisa en lugar de los pantalones.

El vendedor recogió los pantalones y envolvió la camisa.

Nasruddín ya se disponía a marcharse cuando el vendedor le dijo:
- ¡Oiga! Que no me ha pagado la camisa.
- Pero, ¿por qué voy a pagarla, si la he cambiado por los pantalones?
- Bueno, ¡pero es que tampoco me había pagado los pantalones!
- ¡Claro que no! ¿Cómo iba a pagarle unos pantalones que no quería llevarme?



AQUÍ HAY MÁS LUZ

Un día que tenía invitados a comer, a Nasruddín se le cayó un bonito anillo al suelo. Se levantó de la mesa y empezó a buscarlo por todas partes. Al cabo de un rato de buscar sin éxito, decidió salir al jardín para continuar la búsqueda.

- Nasruddín ¿Qué estás buscando? Le preguntó uno de sus invitados.
- El anillo que se me ha caído,
- Pero ¿si se te cayó en el comedor por qué lo buscas en el jardín?
- ¡Porque aquí hay más luz!...


EL SUEÑO DE LOS MIL DINARES

En cierta ocasión uno de los hijos de Nasruddín, que solía pedirle dinero prestado con frecuencia, visitó a su padre.

- Anoche soñé que te pedía prestados mil dinares de oro y me los dabas. Dijo.

Nasruddín que no tenía tanto dinero ni en sueños, le respondió:

- Pues para que veas lo generoso que es tu padre, esos mil dinares de oro que te di en el sueño puedes quedártelos, no hace falta que me los devuelvas.


EL OLOR DE LAS ALBÓNDIGAS

Caminaba un pobre harapiento por las calles de Aksehir, con un solo mendrugo de pan por toda comida. Al pasar frente a una posada vio que estaban cocinando unas deliciosas albóndigas de carne. Se acercó a la olla e intentando retener el aroma del guiso, pasó varias veces el mendrugo sobre la olla y luego se lo comió.
El cocinero que había estado observándolo, lo tomó por el cuello y lo llevó ante Nasruddín que hacía de juez en Aksehir. El cocinero le pidió al juez que obligara al mendigo a pagar el precio de una ración del guiso.
Nasruddín escuchó atentamente a ambas partes y después llamó al cocinero y le dijo:
- Acércate aquí junto a mí un momento.
El cocinero así lo hizo. Entonces Nasruddín sacó dos monedas de la bolsa y se puso a entrechocarlas en sus manos.
Como no se las daba, el cocinero le preguntó:
- Pero ¿Qué haces?
- Estoy pagando el olor de las albóndigas con el sonido de las monedas. Me parece el pago más justo.


Sorprende en los cuentos en los que Nasruddín hace de juez, un comportamiento simplón pero no exento de agudeza que me recuerda a de Sancho como gobernador de la ínsula de Barataria.

También encontré con no menos sorpresa, el cuento de cómo Nasruddín intentó enseñar a no comer a su burro y la burla de la que fue objeto cuando con su hijo y un burro se dirigían al mercado, monte uno, el otro o ninguno. Cuentos existentes en el acerbo castellano, este último del Conde Lucanor, lo que viene a demostrar la íntima conexión de todas la culturas populares de las orillas del mediterráneo.

José Carlos Morenilla

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